lunes, 28 de agosto de 2023

El reloj

Caminando por una calle estrecha tantea las paredes de cemento. Inspirando aire inhala la cal, el filtro de su aliento le falla, tose, se detiene, vuelve a aspirar. Mira su reloj: la manecilla grande señala las doce, la pequeña las tres y el segundero, la más delgada y rápida, roza las cuatro yendo por la cinco. Busca medir bien este último usando el botón, gira el mecanismo y la manecilla se detiene a las siete. Le da rosca hacia atrás hasta que la manecilla da unos giros completos y el minutero se mueve a las once; sigue girando la manecilla, como un amigo, el minutero le sigue en el retroceso obediente, pero pausado. Midiendo el ritmo, el más pequeño se mueve -todavía- más lento. El hombre vuelve a toser, se seca la frente con la solapa de la camisa y sigue a su tarea. El minutero da un giro completo y la aguja más pequeña se queda en el dos. El hombre mira alrededor; sus ojos repasan los pasillos aledaños, las casetas de periódicos, las ventanas de abiertos quioscos en desvela, la calle desierta y el cielo nocturno. Pensando que alguien lo sigue, o si algo cambió, un indicio. Una manía persecutoria o una alucinación de remate. Nadie sabe. Vuelve a ver la hora. El segundero vuelve a dar marcha atrás repitiendo los ciclos, el minutero fiel lo sigue y el horero se mueve, cada ciertos giros cumplidos, como una promesa. De pronto los ojos del hombre se detienen en el segundero, el mismo se detiene. Le da rosca, pero sigue quieto. El más pequeño se le adelanta, después el minutero. El hombre parpadea dos veces, el horero está en el diez. Ahora el que tiene la orden es el pequeño. Mira alrededor, el quiosco cerró, la gente dejó de pasar por la calle. Era intransitable. Se sentó en el pavimento, rezagado. Mira a la aguja pequeña moverse lentamente mientras que el minutero le corre más rápido que antes y el segundero se queda estático como una duda eterna. El hombre vuelve a suspirar. Gira la rosca, pero el segundero no le sigue la orden. Baja el dedo tocando la rosca más pequeña y la gira hacia atrás. La aguja pequeña se detiene en el cinco y el minutero le aventaja. Observa que una joven con un sombrero oblongo le sonríe a un señor que cruza la calle, el señor trae un sombrero de copa, la chica un vestido elegante. El señor sigue su camino y la mujer también. El hombre ve como el minutero se mueve hacia atrás y el segundero le sigue, a la par de ruleta, los números van pasando por las agujas y ellas siguen rotando. Vuelve a mirar, una joven con rasgos de cantina pasa con un traje oscuro de etiqueta, mira al hombre y una sonrisa la invade. Está ebria. Le sonríe de vuelta. No se sabe en qué piensa pero se intuye algo: su nombre es Katherine, trae consigo una vida juerguista de polka, karaoke y vodka. Entre tanto por la otra vereda un señor se pasea con un trajín de vaquero blanco y un látigo –o eso parece–, que reposa en sus brazos, la chica se acercó a él. El señor -Al que llamaremos Owen who- sigue andando hasta que se chocan, con el lasso en la zaga la atrapa; la joven se libera, rompe el cordón con pura maña. Los dos forcejean y se empujan, caen: se lastran. Katherine saca una pistola mauser, Who saca su New wave. La chica gatilla y el armamento viejo ruge haciendo kasashktan; Who usa New York y frena migraciones, golpea, suena 'kick' y kitkat, la joven en el suelo toma su aka, le apunta y le da cuarenta y siete revoluciones. Le atina a su colon, a su Lincoln, a su Kennedy, ¡oh John!, por último a las gemelas. La cura de humildad envenena. Who ve privado su cuerpo –que percibe como hogar–; la casa blanca se vuelve roja por balas. Trastabilla. Uno, nueve, ocho, nueve pasos en un improvisado vals y se derrumba. El suelo lo recibe en un silogismo, las espuelas cesan y el silencio absorbe al señor Who llevándolo a la nada. Una película de rocío empaña las mejillas del que lo presenció todo. La joven sigue su camino y el sketch concluye. [Aplausos]. El hombre vuelve a ojear el reloj: el segundero empieza a moverse a la inversa, pasa del dos al tres. Suspira. «Es la hora del contrato» El juego de Lucifer. Mira hacia delante y ve a un sujeto con un cigarrillo en los labios, tiene una sonrisa plegada en su rostro; es bien parecido o más bien, pícaro. Un sujeto se acerca al quiosco para comprar, se lleva un par de botellas y guarda el cambio, el pillo le frena y le suelta algo al oído "¿Una blasfemia?" después se acerca al quiosco, el señor de las botellas desaparece en su escondrijo. El bien parecido sonríe y se saca una moneda del "bolsillo" del pantalón que no tiene bolsillos. ¿Mecanografió el movimiento? Como un soldado. La moneda tampoco la llevaba antes. «¿Cómo es posible?» algo le hizo "cling" en la conciencia: tenía pocos segundos para averiguarlo. El sonriente se alejó y sentenció al quiosquero «Por favor». Un favor que deshoja en un favor que es debido a, exacto, un favor. Infinita ad Infinitum. Cadena de favores, un contrato. La trampa de lucifer. «Eureka». La granada estalló de todas formas. Un orden al desorden. «el tiempo que nos queda». Volvió a mirar el reloj. El segundero seguía delante, los demás hacía atrás. Volvio su cabeza y notó a un sujeto que no identificó. Se acercaba por el pasillo aledaño. No se veía a simple vista, pero estaba herido. No había ningún cardenal, ampolla o raspón, ninguna señal física: pero le dolia en el alma. Quiso moverse hacía su lado para acompañarle, decirle que no era el único y que no tenía porque cargar una mochila de quinientos kilos con "esqueletos ajenos", o una relación amorosa que no funcionó, o un problema académico irresoluble; pero lo pensó mejor y se quedó acurrucado ignorandolo. El dolor ajeno lo razonó como Espinoza al adagio del mundo. «Mientras no llegue a mi, seguiré escribiendo». Volvió a mirar el reloj. Ahora el minutero volvió a girar en dirección del segundero. Escuchó unos pasos y miró alrededor: no había nadie. La compañia invisible era la esquina, la pared de ladrillos y el silencio. Fijó la vista en el cristal, el segundero y el minutero se movían en la dirección programada, faltando la aguja más pequeña. sonidos de pasos, alzó la vista y se topó una mirada femenina. La muchacha se fijó en él con una expresión consternada, interrogante, él se quedó estático. Inspeccionó su faz haciendo 'topografía' de las planicies y estepas de su rostro. «Un monduber escarlata, de nieve negra y humo blanco» pensó. Su aliento era locomoción de locomotoras o, (no se equivocaría) el carbón de la propia vida. La mujer se sentó en la esquina: sus botas y su traje negro, sinécdoque de misterios, le daban al conjunto un tono victoriano. La beldad ataviada -gótica en latín- sacó un filtro camel y lo dejó en la comisura: la neblina chapaba su boca, sellando la pugna de los pensamientos. Él se dió cuenta que ella observaba y deducía, como quién lo trabaja, la sonrisa del gato perverso en la mirada de cualquiera. Hasta el menos interesado. «Adalid de juventud» pensaríann con zozobra, equivocados. Sus ojos aún viendo todo lo que puede con su capacidad dotada no reflejaban ilusión (como pajarraco de carroña) era vida sin vida: una manzana estrellada contra la hiperrealidad; llena de cristales, rota, Alice in Madness. El horero frenó a punto de las seis. Volvió a verla. La mujer seguía sentada con las manos enguantadas despidiendo humo a bocanadas. Dracaris sin escamas. Nicotina. Sus labios carmines -agrietados- y sus iris avellana parecían el tiempo quieto de la aguja del reloj más pequeño: una incógnita inconmensurable. Su corazón latía, como quien pisa el suelo de una boveda inmensa. Ese eco sesgado, traducirlo era no oírlo. En el inicio de ese puente levadizo quiso saber, si se perdía en ella, ¿qué se perdía?. La llamada del deseo era una alucinación o el alunizaje. La luz de ella le guiaba. Lo juraba. Una vela sensible al fulgor de su espíritu. Ella exhaló una calada y la pasarela empezó a fundirse como erupción de niquel por consecuencia de la madera, el material, sucumbió en caricias de ventiscas: vientos que sublimaron centellas plateadas. La siguiente calada despidió un ave flamifera, paloma de guerra; la siguiente la aurora boreal, el meridiano helado. Su laca de Cenicienta trazado con el suspiro de Calixto. Era lignito. Oscuridad absoluta que devora absolutamente. En la distancia al hombre le falló el aliento y se quedó colgado por el tereso de la cuerda. Miró el cuadrante: lejos de la torre de Babel y los muros de Berlín, pendiente de la montaña escarlata, se estremeció. Frente a las puertas del dragón, era el final. Pero la aguja pequeña giró, si tuviese consciencia, se diría que esperaba encuadrar en la perpendicular manera de lo que lo hace un momento correcto en una novela indicada. La espada mágica decapitando a la serpiente, el jaque mate a Moriarty. La luz del cronometro iluminó el cielo: el segundero, el minutero y el horero vencieron la diacronia. La calle volvió a colmarse de movimiento y la chica se esfumó con el halito del viento. El hombre tapó su reloj con el dorso de la manga, suspirando. Se calmó lo más que pudo, mirando los quioscos, el pavimento, las gentes. Se levantó y se marchó desorientado en dirección opuesta, encausado por el resabio agridulce de la función de un nuevo amanecer. El cúmulo de personas iba yendo y viniendo –fluyendo– por la calle melancolía como goticulas de lluvia. El tiempo pasó hasta que cayó la noche, la oscuridad se cirnió y el vacío se posó por el borde de las farolas. El tiempo siguió sumando granos de arena por las manecillas de las horas y el tempo se detuvo al otro lado de los apagones, allá donde se escriben las canciones; en quioscos que venden soledades de ginebra y esquinas donde habita la mujer del olvido que despide humo blanco de la nube negra.