Tomadas villas, pueblos, ciudades, tomadas por agua, por lluvia, por viento, por ventoladas frías, por fríos aires, por buenos aires y también, malos aires.
El agua se infiltra, como un celador ciego trastabilla entre grietas, se cuela por ventanales abiertos, por chozas ahuecadas en el paso del tiempo, el desgaste y el maltrato.
Las calles, antes llenas de tierra, cemento seco y contaminado oxígeno adiposo, ahora, se vuelven fango, barro, lodo, secreciones naturales por los que es imposible transitar sin quedar impregnado. El aire convulso se vuelve claro, la respiración nítida, la visión sobria, y la memoria empieza a enfocarse.
Cuando es torrencial, las nubes se ven como chubasqueros densos y apretados a punto de prorrumpir en lentos quejidos, murmullos y destellos, para pasar al aguacero más incalculable, entendiendo como incalculable una palabra para describir desenfreno, exceso e inconsistencia. Nunca teórica, siempre práctica.
Si las nubes fueran volutas llenas de humo bullicioso, cada gota sería una frase, una pequeña oración displicente, unas te dicen "hora" otras te dicen "tiempo" unas se apoyan en la circunstancia, otras te insultan sin misericordia. Imagina centímetros cúbicos de diminutas charlas inconexas, derivando, dependiendo del oyente, a una buena conversación, o una que no se siente, ni se intuye. El agua puede platicar, ser un buen orador, o uno torpe. Un cretino sin noción de los enunciados o un carismático canta-autor que acompaña tu obra incompleta. Una llovizna: una calmada y triste nota, una tormenta: una oleada de gritos sin tono, ni coherencia, ni destinado.
Ahora, imagina un huracán.
Una pesadilla temporal que se aproxima sin detrimento en un ambiente cálido, conteniendo su apabullante bramido despedazándose gota a gota, inclemente, con forma. Lista para destruir, lenta y ruin, la calma del soñador; hasta que ya no quede sueño por entender como sueño ni soñador por entender como alguien soñando,
eso es un huracán.
Pero no todo tiene por qué desaparecer: cuando la lluvia amaina, aún se ve su firma en cada cerco mojado, ventana albina, o ese callado sentimiento, que sabes, en el fondo, va a volver a romperse, como la tormenta de las tres de la madrugada que ves a cubierto, escuchando con atención o asimilando su proporción, si tienes suerte de estar a resguardo, por supuesto.
Pasan unas nubes raras; el clima no está provechoso hoy, sino que le toca a él aprovecharse. Los días pasan, y la lluvia comienza a caer de nuevo. El alarido se fomenta, el fonema empieza a emitirse y debe tener paciencia, mirando por el retrovisor, esperando.
"¿Esta vez, será gentil?"
Solo el tiempo lo dirá...

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